Ser mamá: 3 historias diferentes – Parte 2

Antes que nada, aclaremos algo: no existe fórmula alguna para convertirse en la mamá perfecta, por eso queremos compartir tres historias de tres mamás que nos abrieron la puerta para contarnos un poco sobre lo que ha sido esta hermosa y compleja experiencia. Todas ellas aman a sus hijos y nos platican cómo han ido viviendo y adaptándose a esta parte de sus vidas, cada una desde un contexto completamente único y diferente. Por si no lo viste, la parte 1 está aquí y la parte 3 está acá.

Samara – Samara, Andrés y Samuel

Si existe un ejemplo de una mujer determinada y decidida a seguir un plan es Samara, una que pone todo su corazón y su mente en cada cosa que hace. Ella estudió Ingeniería Química en el Tecnológico de Monterrey, trabajó durante algunos años y actualmente cuida de sus tres hijos.

 


 

El plan

Cuando se casó, Samara sabía que quería comenzar a tener hijos antes de los 30 años, “yo tenía el dato de que entre más joven eres, más rápida la recuperación y estás más fuerte para la crianza de los hijos”.  Aún teniendo esto en la cabeza, decidió esperarse lo más posible, ya que en aquel momento también se estaba realizando profesionalmente. “Sí tuve ese conflicto, porque estaba muy feliz pero sí quería ser mamá”, comparte.

Se casó casi cumpliendo los 25 años y tuvo a su primogénita a los 27. “Me esperé como dos años, según yo era lo máximo que me podía esperar por razones fisiológicas, por cosas que había leído”. A Andrés lo tuvo a sus 29. Ella también sabía que quería tener tres hijos, y eventualmente tuvo a Samuel, “hay gente que piensa que fue un pilón porque está más separado de los primeros dos, pero en realidad fue porque en ese tiempo estábamos empezando un negocio mi esposo Eduardo y yo”, dice. Apenas empezaba a caminar el niño, entraba al Kínder y ella se iba a trabajar por la mañana. “Siempre fui muy feliz como mamá y mi prioridad fueron mis hijos, pero no dejaba por completo mi realización profesional, no quitaba el dedo del renglón”.

La noticia

No fue algo instantáneo, tardaron un poco, pero sí estaban buscando tener un bebé en aquel entonces, “aparte de que tuve un retraso en la regla, yo sentía que tenía algo diferente. Fui con un doctor, me hicieron la prueba de sangre y nos dio la noticia la cual nos hizo muy felices”. Iba a ser Navidad, por lo que aprovecharon hacer una visita a la familia en Monterrey para darles la noticia (en aquél entonces ellos vivían en Matamoros). “Yo estaba bien contenta porque era lo que seguía para mí”, dice.

La espera

Emocionalmente ella estaba feliz porque en general fue un embarazo sin problemas, viajó mucho y todo salió en orden. Lo único que recuerda que fue incómodo fueron las náuseas, más que nada por la carne roja y las harinas. Pero Samara estaba preparadísima para ser mamá, “no hubo dudas, estaba listísima para eso”.

Algo curioso es que ella y su esposo siempre pensaron que era niño y resultó siendo niña. “Todo mundo me decía ‘tienes panza de niño’, y hasta teníamos nombre pensado de niño”, platica. Exactamente a los cinco meses de embarazo ella tuvo que viajar a Argentina por cuestiones de trabajo de su esposo. Estuvieron allá durante dos meses, y era en ese tiempo cuando tocaba hacer el eco para ver el sexo del niño. Allá no consultó a ningún doctor, y cuando regresó a Monterrey, fue con el ginecólogo y le dijo que ya era muy tarde para poder revisar eso, entonces se quedaron con la duda hasta que nació.

“En el momento del nacimiento fue cuando el doctor dijo,’ ya salió la nena’. Fue totalmente sorpresa. No nos lo esperábamos y no teníamos nombre para ella, se iba a llamar Andrés”. Tuvieron que apurarse mucho para ponerle el nombre porque nació en Monterrey, pero ellos tenían que regresar a Matamoros. “Teníamos que registrarla para ya poder continuar la vida. Yo no pensaba ponerle Samara, pero después de estar batallando pensando en nombres le dije a Eduardo ‘pues sí me gusta mi nombre’, y así se llamó”, sonríe.

Algo importante que notó durante su segundo embarazo (Andrés) fue que, prácticamente todavía tenía un bebé cuando ya estaba esperando al otro -ellos se llevan dos años-.  Su hija Samara ya había dejado el pañal al año ocho meses, y cuando nació Andrés, empezaron los problemas. “Hasta lloré un día con ella con el asunto de ‘por qué si tú ya sabes’. Entre que sí y que no llegó el punto en que pensé bueno, vamos a tener paz todos”, dice. A los seis meses de que Samara había dejado el pañal, se lo volvió a poner. Luego de dos meses, un día cualquiera ya estaba lista otra vez para dejarlo. “Igual te da sabiduría entender, por qué a veces uno lucha tanto y se complica la existencia. Yo creo que fue una cuestión de atención con ella”.

Samara fue un parto natural, pero Andrés y Samuel no se acomodaron y tuvieron que ser cesárea. Después de algunos años de tener a sus hijos, fue a una revisión con una ginecóloga que le dijo que tenía matriz bífida -una matriz dividida en dos cavidades-. El doctor con quien nacieron sus niños no se lo había dicho.

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Más adelante le tocó ir a una revisión general del seguro, y cuando notaron que tenía la matriz bífida en un eco le dijeron que normalmente las mujeres con ese tipo de matriz no pueden tener hijos. “Me quedé pensando que el hecho de que los niños no se acomodaran, pudo haber sido por eso. Es una cosa que igual considero como algo milagroso; yo ni me enteré ni me agobié ni supe nada, hasta después de tenerlos”, comenta.

“Me encanta poder ver tan de cerca la vida de tres personas tan diferentes a mí, ver su historia desde el inicio, ser testigo e irlos acompañando en sus logros, en sus fracasos. Sé que no voy a poder ver todo hasta el final. Pero lo que he visto hasta ahorita, estar en primera fila viendo esas tres vidas, me encanta, es un privilegio para mí estar observando a esas personas.”

Lo que más disfruta

Samara reconoce que cada persona tiene dones, talentos y cosas muy especiales; a ella le tocó ver a sus tres hijos y se siente muy feliz y honrada de poder verlos crecer y acompañarlos. “Tengo la gran suerte de que mi esposo puede ser el proveedor de la familia, sé que no todo mundo puede vivirlo así”, dice. Antes trabajaba medio tiempo, pero cuando tuvo la opción decidió quedarse en la casa 100% con los niños. Ahora que lo ve a distancia no cambiaría eso por nada, “son años que pasaron volando, quisiera volver a tener esos niñitos y abrazarlos, ya no se puede pero al menos sé que lo aproveché al máximo, no me perdí de nada”.

Cuando estaban chiquitos ella disfrutaba estar con ellos en su cuarto antes de que se fueran a dormir, con la luz apagada platicando o leyendo algún libro con linterna. Ahora que están grandes disfruta y aprovecha al máximo cuando ellos tienen ganas de platicarle algo, “dejo lo que sea que esté haciendo para sentarme y darles mi atención, porque cada vez pasa menos y esos momentos son bien ricos para mí”.

Regresando a sí misma

Ahora que Samara ve que sus niños ya crecieron y son más independientes, ella quiere volver a la oficina y al trabajo. “Me quedé con la inercia de servir y estar al pendiente de ellos y creo que deliberadamente tengo que estar más ocupada y no estar tan disponible para ellos. Creo que les va a hacer bien y también me va a hacer bien a mí, porque entiendo que ya están listos para irse despegando y volar; tengo que prepararme para cuando vaya a estar sola”, comenta. Ella quiere volver a desarrollarse profesionalmente, aunque sea casi como empezar de cero. Su primer intento va a ser volver al negocio que empezó junto con mi esposo, “Eduardo siempre me ha dicho ‘vente cuando quieras, eres bienvenida, hay mucho trabajo’, pero sí pienso que si no me siento agusto voy a hacer otra cosa”. Lo definitivo es que se va a ocupar y considera que va a ser algo sano para toda la familia.

Cómo te describes

“Mis hijos me ven como una mamá hippie. Sus amigos se asustan porque apago el internet en las noches y porque reciclo el plástico. Hay cosas que yo sé que en otras casas no pasan y ellos se ríen pero bueno, soy la mamá que les tocó”, dice. Ella se considera como una persona perfeccionista, por eso todo siempre ha sido tan planeado y estructurado. Fue repartiendo sus etapas porque le gusta dedicarse mucho a las cosas, en su momento a lo profesional y en otro a los hijos, “soy muy entregada, algunas veces me equivocaré pero todo lo hago con entrega total”.

El reto mayor

Samara considera su mayor reto la decisión de olvidarse un tiempo de su desarrollo profesional y también de su vida social. “Obviamente estás feliz con los niños y con la vida de mamá, pero de repente ves a otras personas en alguna fiesta vestidas bien bonitas y te das cuenta de que tú no estás en esa posición en ese momento”, ella considera cuestión de madurez entender que estás en cierta etapa. A su parecer, el mundo actual dicta que el sacrificarte por alguien más es tonto, que debes pensar en ti todo el tiempo antes que en nadie más. Pero ella firmemente cree que sí vale la pena hacerlo por alguien más, “sé que mis hijos nunca van a ver el sacrificio que hice de dejar ciertas cosas por tomar la decisión de ser mamá, pero no importa porque es algo que yo decidí y fue un gusto mio”.

Otro reto fue el aislarse por un tiempo del mundo adulto, extrañaba tener una plática en forma, “una cosa es que cuando quieres platicar con otra persona la criatura no te deja, y cuando estás en la casa con ellos pues no platicas como adulto”.

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Un consejo

Lo que esta mamá compartiría a cualquier otra es que aprovechen al máximo cada momento de la infancia de sus hijos porque los años se pasan volando. “Todavía no puedo creer cómo ya son tan independientes; me acuerdo de ellos chiquitos cuando me abrazaban más y me buscaban más. Son tiempos que añoro, pero entiendo que ya pasaron”, su mensaje es que disfruten su maternidad lo más que puedan, cada quién a su manera.

 

Sigue con la tercera parte  aquí.

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